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Trazos de dolor

En la imagen, Leidy Cristina Ramírez  sosteniendo en sus manos una fotografía de su mamá y su papá. En la imagen, Leidy Cristina Ramírez sosteniendo en sus manos una fotografía de su mamá y su papá. Foto: Maria Laura Idarraga

¿Qué recuerda de ese antes de la vereda?

 

¿Ese antes? Muy bonito, era una vereda de esas de que como… ¡ay!  Está enfermo don José: entonces llegan dos o tres integrantes de la junta de acción comunal a hacer lo que se tenía que hacer, como para que no se perdiera la cosecha. O hay una integración en la vereda, era llenísimo. Estudiar era muy chévere, mi casa, yo creo que quedaba por ahí a media hora y llegaba súper rápido porque se iba con el primo, con yo no sé quién, con yo no sé cuál. Era una vereda súper unida, súper solidaria y siempre eso ha caracterizado no solamente a El Vergel, sino a toda Granada, o si no, no hubiéramos sobrevivido a todo esto de la guerra. Yo creo que son los mejores recuerdos que tengo.

 Estas son las vanas remembranzas que tiene Leidy Cristina Ramírez, oriunda del municipio de Granada, sentados en el atrio del Templo Parroquial del municipio el cual está rodeado de pintorescas montañas, verdes y grandes como una muralla que esconde a este pequeño pueblo. Resaltando sus luminosos colores que encandila al encuentro con la luz del sol y revelando una historia de las tantas crueles que se han convertido en una obligada tradición oral. De sonido ambiente, el Santo Vía-crusis celebrado por la población en el interior del templo, siendo propicio con lo que ocurría, como otros catorce pasos de dolor que significara volver a recordar, abrir y dejar sangrar nuevamente esas heridas para que alguien curioso las escuchara pero, con la intención de que se conmoviera con ellas y ayudar a sostener un dolor que se hace visible en las sutiles lágrimas que no deja escapar del todo cuando evoca sus 7 años de edad. Son cantidad de historias para escoger y hoy decidí darle play a la de esta mujer, una joven en búsqueda de un futuro mejor. Me dio la oportunidad de conocer sus tristezas y como el destino deformó su familia y el dolor quedó tatuado en el alma para el resto de su vida.

La historia a grandes rasgo.

Eso fue el 20 de abril del 2001. Yo tenía 7 años y me había quedado en la casa cuidando una olla que mi mamá había montado para el almuerzo y organizando la casa, barriendo trapeando. Mi mamá estaba con mi papá y otros señores jornaleando porque teníamos una deuda en la casa; mi mamá había estado enferma en enero, entonces estaba ayudando como para saldar las deudas que teníamos. Yo creo que eran por ahí las 10 de la mañana u 11 -verdaderamente no sé, porque uno a esa edad no tiene como que la noción del tiempo-, entonces yo terminé de hacer lo que tenía que hacer y me fui para donde mi mamá para el lote que… donde estaba trabajando mi mamá, me tocaba pasar un potrero, luego un camino y ahí encontraba el portón para entrar al lote. Cuando yo llegué al portón, había un señor muerto, pues, había como un cuerpo tirado ahí y yo siempre le he tenido mucho miedo a los muertos. Yo me devolví corriendo, pero pensé que como en ese entonces siempre decían que en El Ramal había un muerto, que en El Alto del Palmar había un muerto y entonces los soldados lo habían traído para ver quién lo reconocía, porque antes ya había visto unos señores con uniformes como de militares.

Me devolví corriendo pa donde mi abuela. Llegué a mi casa cogí una oración de la Sangre de Cristo -que siempre pues le hemos tenido mucha fe- subí a donde mi abuela y le dije: “lo que pasa es me encontré un muerto y ta ta…” y nos asomamos. Donde nos asomamos daba justo al frente del lugar que mi papá estaba trabajando, aunque era como un asientico, no se veía bien pero si a la casa de la finca como tal. Cuando nos asomamos vimos que iba un grupo de uniformados y en el medio iban unas personas pues no, normal, yo ni siquiera me imaginé que ahí estuviera mi mamá y mi papá. Mi abuela me dijo:

-Éntrese que si son “paracos”, no le gusta que los miren

Yo me entré y listo; cuando llegó una señora que se llamaba doña Margola, con una cara de preocupación y una voz de preocupación y nos dijo:

-A Josecito lo mataron, Efraín no se ve en el trabajadero y Nora quedó con unos hombres en el arao-

Claro, mi abuela de una dijo: ¡ay mijo querido! Mi tía que siempre ha vivido con ellos, se fue a buscar a los otros hermanos pa que se escondieran y como a contarles la noticia.

Valentía o imprudencia infantil.

Yo le dije, no sé… cómo en ese momento de niñez: “doña Margola, acompáñeme a buscar a mi mamá”. Listo, salimos, hicimos el mismo recorrido que yo había hecho antes, cuando íbamos a llegar donde el muerto, yo le dije:

-Shito, ahí hay un muerto-,

Pues por el miedo que siempre le he tenido y nada, la señora siguió, lo levantó, lo miró y dijo:

- Hasta acá llegamos, mi amorcito-.

¡Era su esposo!, y siguió como si nada, o sea, siguió ayudándome a buscar a mi mamá. Yo me acuerdo que de ahí en adelante, yo gritaba duro: “¡mamá, mamá, mamá!” Y llegamos hasta la casa de la finca. Era el trayecto que había visto, donde estaban los uniformados con las personas en medio, llegamos allá.

Allá estaba mi mamá encerrada con los otros trabajadores que habían en esa finca que eran como siente u ocho, no recuerdo bien. Estaba ella, otra señora, y los otros eran hombres. Llegamos, doña Margola volvió a decir lo mismo que nos dijo:

-No, a Josecito lo mataron, Efraín no se ve en el trabajadero, Nora quedó con uno hombres en el arao y, a Vicentico también lo mataron-.

Porque Vicentico, era el esposo y era el que nos habíamos encontrado. Eso fue aterrador.

Solo por tener cédula granadina

El gran delito de las 7 personas que murieron, era que tuvieran cédula de Granada. Entre los hombres que estaban encerrados en la casa de la finca estaba un señor, inclusive ese señor, mi mamá luego me contó que le dijeron: “ah, es que a usted también lo hemos visto en Granada”. Él les dijo que “no, que él era de El Santuario”, les mostró la cédula y lo dejaron ir y al único que se llevaron era a mi papá.

Cuando los uniformados se llevaron a mi papá, llegaron a  la casa, entonces les dijeron: “acompáñenos allí un momentico”. Mi mamá los miró con mucha melancolía y le dijeron: “ay no tranquila, él ya vuelve”. Y, mi mamá me contó que estaban con esas miradas melancólicas que cualquier persona que se quieran, tienen. Y uno de los uniformados les dijo: “camine pues, carechimba”. Se los llevaron y a las otras personas las encerraron.

Cuando yo llegué, no sé qué horas eran, pudo haber sido las 12, 1 o 1:30 pm; en todo caso, hasta las 2 de la tarde no podíamos salir de esa casa, y aunque yo no había sido rehén de esas personas, entré a serlo porque allá estaba mi mamá y allá nos encontramos y ya me quedé con ella, y pues hasta las 2 nos quedamos ahí y salimos.

Allí yace el dolor

 

Mi papá, estaba, distancia no sé mucho, pero por ahí a unos 50 metros, pues yo creo que con unos treinta pasos llegábamos. Estaba atrás. Entre el sitio donde quedó mi papa y la casa había un potrero muy pequeño, como de esos que uno tiene para ordeñar las vacas, entonces mi papá estaba ahí tirado boca abajo, recuerdo, pues… de los pocos recuerdos que tengo de esa imagen, él tenía una rajada en la cien. No era como de sangre ni nada, o sea, no era como muy escandalosa la rajada, sino que era muy profunda y otra por las costillas. Que yo recuerde esas, porque mi mamá lo cogió, lo abrazó, lo puso en las piernas, entonces se le vio la de la cabeza y mi mamá le abrió la camisa y todo -porque inclusive estaba desabotonado- se la levantó y ahí, tenía otro cuchillazo.

¿No gastaron en ellos ni una bala?

De acuerdo con la necropsia, fueron 180 puñaladas para 7 personas que mataron; algunas les abrieron el estómago. Pero, no pude saber cuántas a mí papá porque algún día que tenía que hacer un trabajo sobre eso,  fui y busqué en las inspección, en la alcaldía, pero pues eso no, no tienen registro de eso. Inclusive me puse a buscar en un montón de cajas húmedas que tenían por allá en una pieza pero, nunca encontré como tal esa necropsia. Y, en el hospital fui, pero sentí que era muchísimo. Pues, ya sacar un documento me pareció que era como mucho, entonces, nunca supe. Lo que sí sé, es que fueron 180 puñaladas para 7 personas, un promedio grandísimo. Pensar uno en que, cuántas le metieron a cada persona eso es “juemadre” eso es…

¿Cuáles fueron las razones?

Los sentimientos a la edad de 7 años, yo creo que uno llora porque ve llorando a la mamá y uno viene a reaccionar como… ah juemadre o sea, es que lo mataron, no lo voy a volver a ver y reaccioné por ahí a los 9 o 10 años que entonces sí cogía y me iba al cementerio, me sentaba y yo decía “¿por qué a él?” y uno se empieza a hacer esas preguntas, tantas personas. Porque nunca hubo una justificación.

En el municipio especularon todo como cualquier cosa: no es que llevaban lista en mano, no es que esto, no es que le colaboraban, esto, aquello. Pero, esa vereda era tan sana que cando yo pensé que eran militares -porque vi esos uniformes-. La única forma de ver personas extrañas, era cuando el ejército subía por allá, entraba por La Paz (vereda de El Santuario), para hacerse en este lado como de La María (vereda de Granada) y todo eso; de resto por allá no se veía nada, pues nada raro nada, de hecho se veía más para San Matías (vereda de Granada) que limitaba más con El Santuario que El Vergel (vereda donde sucedió la masacre).

El Vergel aunque era, digamos, algo estratégico, si lo vemos pues que van a entrar por la vía que entran para Granada y luego suben por el monte, eso sí es estratégico. Pero realmente no. Nunca pasaba nada porque los retenes los hacían, o en El Alto del Palmar o los hacían en El Ramal, y las dos partes están como un poquito lejanas de las entradas que tiene El Vergel, o sea la justificación no, simplemente era de Granada.

Lo dejamos allá.

La señora dijo: “a Josecito lo mataron…” Pues yo no sé, yo no recuerdo, o los recuerdos de pronto son muy vagos, no sé si ella le dijo que ahí estaba, o no sé si fue como por lo mismo que había pasado que, obviamente como ellos habían salido para ese lado, de pronto mi mamá dedujo que allá estaba. El hecho es que si estaba súper cerquita. Ellos no sintieron ningún grito.

Fue lo más duro porque, entonces era decirle a mi mamá, “venga nos tenemos que ir”. Yo sé que fueron otras personas porque yo con 7 años creo que yo estaba ahí, sentada o parada al lado de mi mamá. Decirle que se tenía que parar de ahí, que no podía estar más con él, porque ella decía: “no, yo me quiero quedar aquí con mi mono querido, yo no lo quiero dejar solo”. Ella se quería quedar ahí y los vecinos -eso sí tiene Granada que es muy solidaria-, la gente se empezó a movilizar de una y la hicieron entrar en cabeza pa que se viniera para el pueblo, porque era esperar que fueran, los recogieran, les hicieran la necropsia, le hicieran esto, aquello. Yo creo que mi papá vino a estar listo para la velación  al otro día, entonces también fue un tiempo de duelo que uno dice: “juemadre, entonces qué”. Y mi mamá todo el tiempo estuvo llorando.

Nosotros nos vinimos para Granada dejándolo allá, porque igual sabíamos que él debía llegar; además, nosotros no lo podíamos traer, ni ninguna gente de la vereda, porque tenían que hacer levantamiento. Iba un representante del hospital, incluso la policía, y no nos digamos mentiras, yo no creo que ningún campesino, ninguna persona de allá quería recogerlo o al menos yo pensaría eso, sabiendo que los mataron de esa forma, entonces también era arriesgar su vida y no. Entonces nosotros nos vinimos y ya. Por la noche, subió el inspector de policía que en ese entonces era don Claver Zuluaga, hicieron el levantamiento de los cuerpos y ya los trajeron a Granada. Y si no estoy mal, al otro día ya empezó la velación, que incluso fue una velación colectiva en el Salón Parroquial que ya estuvieron los siete cuerpos.

¿No se apoderaron de la vereda?

Mirá que nunca nos dijeron “se tiene que ir”, nada, la cosa fue que ellos llegaron, mataron a las 7 personas, las que fueran de Granada, las que se encontraran en el camino sin importar nada, les importaba un culo todo. El hecho era que fueran de Granada, que estuvieran en Granada y ya. Pero es muy teso, por ejemplo de la casa donde nosotros vivíamos, se veía claramente donde quedó mi papá, entonces imagínese uno vivir todos los días allá, viendo donde mataron al papá.

Nosotros ya no volvimos a vivir allá. Ya nos quedamos donde mi abuela, un señor nos prestó una casita y ya después nos ubicamos definitivamente acá. Pero, decir que el grupo armado nos obligó a no volver es mentira porque inclusive allá hay gente que vivió en la época, que siguen allá, que está allá y nada les ha pasado. Pero, mucha gente dijo: “nos tenemos que ir o si no nos matan”.

Dejaron mi familia incompleta.

 

Aquí la gente sabe lamentar muy bien las cosas como: “ay qué pesar quedó viuda, $ 5.000 pesitos”. Esos lamentos de las personas ayudaron muchísimo. Que una persona se le acercara a mí mamá y le dijera, “¿cómo está? Tenga esta platica para que alimente a sus hijas”, esa fue una cosa muy buena, porque es de pasar a… si mi mamá bien toda la vida ha sido muy verraca y nos ha sacado adelante y se le ha medido al trabajo que sea y todo eso, en mi casa mi papá llevaba la obligación. Y, si nosotros nos comportábamos mal, mi mamá decía: “ah, tranquilas, cuando llegue su papá arreglamos”. Eso era como de pasar a ese cambio. Mi papá era el que llevaba la obligación y el mando, la autoridad; pasar a decir, no, esa figura ya no existe y usted tiene que tomar ese lugar y empezar a hacerse respetar y cómo a sostener su familia. Ya después a mi mamá le empezaron a dar trabajo en un tienda, después reciclando, después llegó todo el proceso de reconciliación en el oriente.

No éramos las únicas

Empezaron con el comité de reconciliación con la asociación de mujeres que mi mamá estuvo muy activa, siempre ha sido muy activa, cuando mi papá estaba vivo y después también. De ahí, salió un proyecto con la compañía de Jesús y con la universidad Javeriana de Bogotá y resultó un proyecto para formar unas mujeres que sirvieran de soporte para las víctimas que se llamó PROVISA (Promotoras de Vida y Salud Mental), y empezó un proceso no solamente de sanación de ella, sino de todos, porque entonces mi mamá iba a las capacitaciones y luego venía y daba otras capacitaciones a un grupo de mujeres acá, entonces yo era ahí, detrás de ellas, como la suplente y ahí empezó esa forma como de bueno, “tenemos que elaborar el duelo, tenemos que contar lo que nos pasó, tenemos que decir que no fue una persona más que se murió, no, era un ser humano que tenía sueños, tenía ilusiones, tenía una familia, que tenía unas metas por cumplir”, y todo eso. Entonces fueron en parte muchas cosas las que ayudaron.

Fue el apoyo de la gente que no solamente fue monetario sino también de escucharnos, de decirnos, “bueno, las niñas ya no van a estudiar en El Vergel, entonces busquemos un cupo acá en la Institución”. La vinculación con la Iglesia, con las Hermanas Franciscanas, de yo entrar como catequista, entrar al grupo de MONAIN (Movimiento Navideño Infantil) de MONAJÚ, de entrar a la Infancia Misionera. Entonces fueron muchos factores que, en medio de la situación, me empezaron a aportar. Pero, yo diría que al fin y al cabo, como a decir: “juemadre, fue el proceso de reconciliación aproximadamente en el 2005, 2006, 2007”. Entré allí, no era solamente conocer mi historia y quejarme de haber quedado huérfana y la muerte trágica de mi papá, sino que era también conocer y escuchar la historia de la señora de San Francisco, que no solamente le mataron a el esposo, sino que lo desaparecieron, se le llevaron a la hija; entonces yo creo que eso también ayuda, y pensar, pues si, súper teso lo que me pasó a mí pero, yo lo pude enterrar, yo sé que hay un lugar donde yo voy y ahí están los restos, me puedo sentar y puedo hablar con él, y hay personas en el Oriente y en muchas partes que no saben si está vivo o está muerto y uno se pregunta: cómo, ay señora, usted cómo sigue en pie después de que le mataron al esposo, le desaparecieron al hijo, le violaron a la hija, a la otra también la desaparecieron y a la otra se la llevaron para la guerrilla.”

* * * *

La cuestión no es justificar los hechos. Es ver en ese amor filial de la comunidad una oportunidad para levantarse y seguir de nuevo. El “mono querido” de Leidy y su mamá ya no está, solo quedan los bonitos recuerdos y unos cuantas fotos que traen al presente su imagen. Cuando le pregunté sobre la reparación del Estado, me dijo que el gobierno nunca estuvo preparado para esta guerra pero, se quedó corto con la reforma social, todo no es plata y con dolor expresaba que le dolía cuando le preguntaban si le habían pagado al papá. “Es tonta la pregunta”, respondía con aflicción. Sirvió más el lamento granadino que el mismo apoyo del Estado.

Ahora solo le queda seguir. Montarse en la aventura de niña grande y empezar a escudriñar en el mundo otras posibilidades que le den la entrada a una sociedad, no solo para sobrevivir sino para cambiarla, para que no vuelva a ocurrir, que se haga vivo y común ese dolor, hacer entender que nadie tiene la potestad sobre la vida de nadie y así empezar a apaciguar esas sombras de dolor que esconden las montañas de su querido Vergel, y que las aguas cristalinas en su recorrido vayan lavando los torrentes de sangre y lágrimas que enlutaron ese 20 de abril de 2001 desperdigando sin compasión sus seres queridos.

 

Nadie oyó, el lugar se hizo cómplice para cuando destrozaron sus pieles, ésas que con cariño se rozaban en abrazos compartidos y de un amor familiar que ya no está. Ese último que Leidy vio, fue un abrazo frío, insípido, casi sin sentido y un lamento que solo rebotaba en la sensibilidad confundida de una niña de 7 años y se perdía con la bruma que cumbre las alturas de la ya terrorífica vereda. Simultáneamente, eran 7 los lamentos que no servían de nada, porque no lograban conmover a los autores de los trazos de estas historias de espanto y que además, por mayor fuerza que pusieran en sus sollozos, tal vez tampoco en el cielo se escucharían. Y si así lo fuera, era hipotética la idea de que algún ser místico llegara a devolver la dicha que al largo tiempo les acompañó y ese día se hacía efímera.

Autor: Juan David Naranjo Quintero

 

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