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Catorce años después... Masacre de El Vergel

CATORCE AÑOS DESPUÉS DE LA MASACRE DE EL VERGEL

Por: Leidy Ramírez

En ocasiones es difícil hacer memoria de aquellos acontecimientos que marcaron nuestras vidas, pero más difícil se nos hace olvidar a personas importantes para nuestra existencia como lo son amigos, compañeros, vecinos, hermanos y padres.

Recordar mi infancia en la vereda el Vergel es vivir la solidaridad y unidad entre vecinos, las risas y los juegos en la escuela, el apoyo mutuo en los momentos más difíciles; es aprender que la organización es uno de los valores más importantes para que las actividades propuestas tengan un buen final, y ante todo es recordar a grandes líderes eclesiásticos y comunitarios que le han aportado, no solo a la vereda sino a Granada.

El Vergel, como lo expresa su nombre era ese Jardín de paz, un lugar donde la vida pasaba sin contratiempos, las preocupaciones se daban por organizar la escuela o buscar recursos para ayudar a los vecinos, la vida se disfrutaba al máximo, una vereda caracterizada por su espíritu de solidaridad y por ser cuna de grandes líderes.

Catorce años de una de nuestras peores tragedias:

Es inevitable que  por estas fechas se haga presente en mi mente los recuerdos de mi padre, como olvidar aquel hombre trabajador, cariñoso y ejemplar que día a día de la mano de mi madre luchaba por el bienestar de nuestro hogar, ¿cómo buscar una explicación que deje satisfecha mi razón para comprender porque un día sin nadie anunciarlo tuvo que alejarse de mí para nunca regresar?

Se conmemoran 14 años de la masacre en la vereda el vergel en la que murieron siete campesinos humildes, sencillos y líderes que se encontraban en el altar del trabajo.Fueron hijos, hermanos, padres, esposos, grandes amigos que no merecían perecer en el conflicto absurdo en el que nos sumergimos para aquellos años, siete personas que dejaron grandes enseñanzas, que hacen imposible que nos olvidemos de ellos y que en nuestras vidas estén presentes a cada instante.

El día de la tragedia.

Eran alrededor de las 10 de la mañana, un día hermoso sobre las tierras granadinas; sin embargo aquellos hombres que llegaron a la vereda, que vestían uniformes de fuerzas militares no les importó opacar esta hermosa mañana, su misión era asesinar a los hombres que fueran de Granada. Recuerdo que mi papá se encontraba jornaleando en una finca vecina en compañía de mi mamá y otros vecinos, que sumados llegan al número de ocho personas.

Cuando estos uniformados se acercaron ala parcela en la que se encontraba mi padre todo fue normal, pues según su pregunta solo les importaba saber quién era de Granada, mi mamá me cuenta que mi papá era el único que tenia cédula de Granada, incluso señalaron un compañero, asegurando que lo habían visto en el pueblo, él con su cédula les confirmó que era de El Santuario, luego de percatarse que solo había un hombre de Granada procedieron a desarmarlo, que ironía mientras ellos eras tres y tenían armas suficiente,a mi papá le quitaron su machete, el  mismo que por un buen tiempo le había servido para ayudarse en las labores diarias del campo.

Supongo que para estas personas  no era fácil asesinar a un hombre inocente delante de sus compañeros de trabajo, así que custodiados llevaron a todos los que estaban allí hasta la casa de la finca, mi padre era quien hacia la diferencia en este grupo, cargaba el gran delito de ser oriundo de Granada, “todos entren a la casa, no salgan hasta la 2:00 pm, vamos a dejar gente vigilando” estas palabras utilizaron los uniformados para asegurarse de que no tendrían testigos.

 “yo voy con él” expresó mi madre, que valentía y  nobleza de una esposa para con su amado; encontrando como respuesta: “tranquila, él ya vuelve” en ese momento y con  una mirada fija y triste, mi papá trataba despedirse de mi madre…  “camine carechimba” fueron las  palabras más frívolas para marcar una despedida… pero fueron las que utilizaron aquellas personas para que mi papá los siguiera y se marcara la despedida de dos seres amados... Mientras tanto  mi madre y sus otros compañeros miraban inconsolables como aquellos hombres se lo llevaban con la promesa de que pronto vendría. Hoy 14 años después los seguimos esperando…

Eran alrededor de las 11:00 am, aproximadamente, aún faltaban tres horas de encierro, para no ser testigos de la tortura a la  que sometieron a mi padre.

Recuerdo claramente que yo estaba en la casa y debía ir al lugar donde estaban trabajando mis papás, cuando caminaba me encontré un muerto, estaba boca abajo, por lo cual  no lo reconocí, del susto me devolví corriendo y  fui para la casa de mi abuela paterna; desde el patio observé  un grupo de uniformados cruzando  por  un potrero, delante de ellos había un grupo de civiles, a lo lejos era difícil  reconocerlos, por lo tanto no puede saber si estaban mis padres. La noción del tiempo se perdió para mí, quizás pasaron 10 ó 20 minutos,  no lo sabía.

 A la casa de mi abuela llegó Margola, una vecina, quien  asustada y agitada nos avisó la tragedia que vivía la vereda: “A Josecito lo mataron –Josecito era mi padre-, Efraín no se ve en el trabajadero y en la casa quedó Nora con unos hombres”de inmediato mi abuela expresó:“ay mi hijo querido”.

Mi abuela se quedó llorando en la casa y yo le dije  doña Margola que me acompañara a buscar a mi mamá; salimos, en primer momento nos dirigíamos al lugar donde estaba trabajando mi padre, pero no vimos a nadie, nos íbamos a regresar pero yo le dije que silencio, que  ahí había un muerto… no sé de dónde sacó fuerzas doña Margola para levantarlo, después de verlo dijo: “Hasta acá llegamos mi amorcito”, el muerto era el esposo de Margola, que se llamaba  Vicente.

A pesar del dolor de ver a su espero muerto, decidió seguir acompañándome  a buscar a mi mamá, pasamos por todo el potrero;  yo gritaba mamá, mamá… fueron momentos inexplicables, la desesperación, la angustia nos consumía por completo, las piernas y las manos nos temblaba, pero de todas maneras seguíamos hacia adelante… al fin llegamos a la casa donde estaba mi mamá con los demás, doña Margola fue quien dio la noticia,  mientras tanto yo abracé a mi mamá llorando.

La orden era salir a las 2:00 pm, pues iban a dejar gente vigilando, el miedo que todos sentíamos después de saber que habían matado a mi papá y a Vicentico era grande, salimos 15 minutos después de la hora indicada, detrás de la casa a pocos metros estaba el cadáver de mi papá; claramente recuerdo dos puñaladas que tenía,una en la sien y otra cerca a sus costillas.

En medio de la confusión, el miedo y la desesperación de la vereda,  se empezaron a conocer los nombres de las siete personas que habían perecido, las especulaciones y la noticia llegó a Granada, mientras en cada uno de los lugares los familiares empezaban a hacer el duelo.

Cómo no recordar a don Humberto  Ramírez líder comprometido con los movimientos sociales y religiosos del pueblo a quien la gente le reconocía su humildad y su carisma para trabajar con la comunidad, imposible olvidar a Vicente Giraldo aquel viejito que gritaba desde su arado a los estudiantes que pasábamos por su propiedad: “no dejen el broche del potrero abierto, porque se me  sale el ganado” y a su hijo Efraín, que era parte activa del grupo comunitario que se empezaba a tejer en la vereda, a Humberto y Gustavo Duque  quienes eran hermanos y estaban en la flor de la  juventud, apenas comenzaban a vivir su vida; Darío Aristizábal,  un padre entregado a su hogar y a mi padre José Ramírez aquel hombre cariñoso y humilde  que dejó sus mejores ejemplos en mi corazón, son muchas las cualidades que adornaban a cada uno de ellos.

 

Que infamia que para asesinar a 7 personas hubieran utilizado 180 puñaladas, es un dato increíble, seria en promedio 25 puñaladas por personas.

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