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Recuerdo de Granada

Escrito por: Alex Arboleda Bedoya

Granada recuerda esa sensación extraña que está presente cuando uno lee Las Ciudades Invisibles, de Italo Calvino. Una mezcla de asombro y absurdo al leer las narraciones de Marco Polo al Gran Khan, cuando, por ejemplo, le describía aquella ciudad de la que todos los habitantes del altiplano hablan pero que nunca ven, a donde nunca han ido pero tienen una idea de ella, y si entran nunca podrán salir. Irene, la ciudad a la que nunca fue Marco Polo pero de la que recibió impresiones de campesinos que se pasan sus jornadas imaginando lo que sucede en aquel lugar en el que llega la música y el ruido, pero de la que no se puede salir una vez allí. O como Tecla, la ciudad que está en eterna construcción, en la que sus habitantes trabajan largas jornadas y dicen, con convencimiento, que construyen incesantemente “para que no empiece la destrucción”. Como otras tantas ciudades de la gran obra del italiano, remiten a la memoria o al olvido, al recuerdo de algo real o de algo que nunca se ha visto. Son lugares de impresiones diversas y objetivos distintos. Son lugares que se reinventan para nunca morir, y para que sus habitantes no se esfumen con ellas. Así es Granada, un pueblo que ha tenido que reconstruirse muchas veces por culpa de los dos grandes males del colombiano: el olvido y la violencia.

Aquel lunes, mi amigo Esteban Valencia, fotógrafo doliente –y por eso bastante bueno con lo que ve- me invitó a acompañarlo al Salón del Nunca Más. Su exposición, Mitos, fue un proyecto que realizó, apoyado por el plan de estímulos de la Gobernación de Antioquia, para mostrar su interpretación acerca del proceso de violencia que tanto se ensañó con este pueblo del Oriente Antioqueño. Consiste en una simbolización de la violencia a partir de grandes mitos y leyendas que hacen parte del acervo popular y que han sido referencia, casi siempre de temor, de generaciones que han escuchado las historias de seres terroríficos como La Patasola, La llorona, El Costalero, La Madremonte, entre muchos otros. Sus fotografías muestran tanto entornos reales que fueron protagonistas de actos violentos, como representaciones de aquellos seres “fantásticos” que se hacen reales por medio de los sucesos acontecidos y los padecimientos sufridos por una población que no debía vivir la parte oscura de una guerra que se perpetúa en los discursos y en las voluntades de quienes rigen esta tierra de desconsolados.

Complacido, acompañé a Esteban, junto con Pancho –personaje feliz y compañero ideal para los largos viajes- y, después de un tiempo agradable en carretera, llegamos a Granada.

La primera visión es la de un pueblo que se ha tenido que reconstruir por necesidad. Contrario a los lugares que se remodelan por capricho de los dueños, arrasando lugares patrimoniales para poner espacios vacíos esperando ser arrendados para el comercio, Granada tiene grandes diferencias en sus fachadas por causa de la violencia. El hecho más recordado fue la toma guerrillera del año 2.000, en la cual una bomba puesta por las FARC destruyó gran parte del centro de la población. Allí, se diferencian claramente los edificios construidos con ladrillos nuevos y ventanas grandes, a la fachada decimonónica de las casas de puertas imponentes y olor a almuerzo y a caballos descansando. Pero esta construcción es incompleta y, además, es solo un intento superficial por sanar, al menos en parte, las heridas profundas y aún abiertas de la población.

Sin embargo, la destrucción es un paisaje que aún se apropia de muchos lugares, tanto del casco urbano como de las 52 veredas que hacen parte de este municipio. Las casas abandonadas por habitantes que huyeron temerosos de sufrir la misma suerte que muchos de sus seres queridos, ahora son territorios en los que se siente un silencio fantasmal y en el que el reclamo –legítimo- de la naturaleza nos muestra una especie de reconciliación con una tierra manchada por sangre. Es allí donde Esteban saca su cámara y empieza a registrar las impresiones que nosotros tres vamos sintiendo, y aunque en sus fotos no podamos escuchar el crujido fantasmal de los techos de zinc estremeciéndose a merced del viento, es suficiente para aproximar el alma ante el abandono y la suerte de una tierra que fue labrada para el bienestar de una población y no para ser campo de batalla de disputas ajenas.

Cuando llegamos al Salón del Nunca Más, había un grupo de estudiantes de Derecho de la Universidad de Antioquia, quienes, dirigidos por su profesor y coordinador del Programa de Atención a Víctimas de la universidad mencionada, Jaime Alberto Agudelo, fueron a conocer un fragmento de una historia que ha logrado ser visualizada y reconocida por el esfuerzo de una población unida, a partir de su testimonio de violencia y muerte, para hacerles frente al olvido y a la indiferencia. El recorrido era dirigido por doña Gloria y doña Amada, dos de las tantas víctimas del conflicto en Granada, quienes con un tono diligente –que variaba desde la fluidez hasta el ahogamiento del llanto inminente- presentaban su memorial de agravios contra un problema anunciado, por el abandono del Estado y por su posición estratégica como territorio de disputa en medio del conflicto. El profesor Jaime nos recibió con gran cordialidad. Impulsado por mi interés, me uní al grupo. No es el caso relatar con minuciosidad el recorrido, pues la intención es fomentar a más personas para acercarse y escuchar de primera mano su historia. Sin embargo, fueron muchas las sensaciones que se evidenciaron allí. Desde la compasión hasta la indolencia, desde la conmiseración hasta la burla. Aprendí que un dolor no deja de ser algo que no puede sentirse por otro; es un estado del alma, y como tal solo puede comunicarse con otras afines a su esencia, a su naturaleza, a su padecimiento.

El final del recorrido estuvo a cargo de Esteban y su exposición. Escuchamos su intervención, algo nervioso, algo indiferente. Pero su indiferencia no era displicente, sino que obedecía a que las palabras no tienen mucho que decir frente a un trabajo fotográfico que, en primer lugar, debe apreciarse desde la sensibilidad, para después empezar a entablar un diálogo con la interpretación y la abstracción.

"Mitos" es una visión sorprendente del dolor causado por la barbarie y la violencia, a partir del mito y la leyenda como elementos inherentes a la cultura popular. Se trata de un trabajo que borra los límites entre la realidad y la fantasía por medio del horror, como sentimiento presente en toda la historia de la humanidad. Y es un llamado desesperado a todos nosotros, a tener en cuenta que la destrucción, la violencia y el caos de la guerra son una sombra que, en nuestro manchado país, está presente en cualquier entorno, cualquier rincón, incluso en los sueños y pesadillas. Es una certeza de que ninguna persona está exenta de padecer el sufrimiento de una lucha interna erigida y mantenida por los mismos actores hace más de medio siglo, y si queremos que esa sombra desaparezca, hay que empezar como Granada, contando su historia y no olvidando a sus muertos, porque el olvido siempre será la condena de este pueblo indolente.

 

 

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